|
Remembranzas de mis abuelas |
|
Por Lucas Montes Valentín |
| Un
sabio dijo una vez: "Educa a un hombre y educarás a un individuo, educa a
una mujer y educaras a una generación". Y pasando revista a mi primera
infancia, vienen a mi mente el ejemplo de mis dos abuelas, aunque aun
cuando nunca tuvieron educación formal, fueron los pilares de toda una
generación que vivió en nuestra isla tiempos difíciles. Tiempos en los que
a la mujer se le tenía en cuenta como procreadora y ama de casa sin igual,
aunque ciertamente en aquella época nunca recibieron el crédito que
verdaderamente merecían. Mis abuelas fueron parte de ésta etapa en nuestra
historia, proviniendo una de la cultura del café y la otra de la cultura
de la caña, que fueron los dos productos básicos de nuestra agricultura,
la cual nos llevara desde tiempos coloniales hasta el presente.
Cuando era niño el llegar los domingos a la casona de mi abuela materna,
Dominga Mercado Bonet, Minguín como era conocida por vecinos y amigos y
Mamita como la conocíamos sus nietos, representaba tantas cosas que para
un chiquillo criado en el pueblo eran siempre una novedad. Caminar por el
extenso patio de la casa, ver las flores que con esmero ella sembraba y
los animales, el viejo ranchón de bártulos de arar y de siembra, montarme
en el carretón de caña, hacer carreteras de los caminitos del jardín,
hablar con otros primos, oír a los mayores contar historias de antaño,
jugar hasta llenar de polvo la ropa y montar un caballito de juguete que
había en el balcón. Mamita fue parte integral de lo que fueran las
empleadas de comedores escolares de aquella época y madre de 8 hijos que
se criaron dentro de los cultivos de la caña de mediados del siglo pasado.
Residente en el barrio Guayabo de Aguada y católica devota siempre tenía
tiempo para a guisa de mantilla, asistir a misa los domingos y seguir los
sacramentos de la iglesia. Su cuerpo era menudo y de caminar pausado y
siempre fue muy reservada en contraste a mi abuelo Don Gabino, que
expresaba con grandilocuencia sus opiniones, especialmente las políticas.
Siempre parecía estar satisfecha con lo que la vida le había provisto y
lista a hacer lo que más pudiera para ayudar a su familia e hijos. En un
tiempo en que el azúcar era rey, administrar la familia de un propietario
de productivos cañaverales, era una tarea de gran envergadura. Ella hacía
el mejor arroz con pollo que jamás hubiera probado y ante mis ojos era un
ser casi angelical, que estaba allí solo para atendernos, sus nietos.
Mi abuela paterna, María Cebollero Malavé era en muchos aspectos diferente,
aunque no por ello menos digna de admiración. Residente del barrio Humatas
de Añasco fue la matriarca de una familia de 12 hijos que en una finca de
café subsistieron los embates de temporales y malas cosechas. Abuela María
era toda una institución, como las mujeres de aquella época que
resistieron los embates de los huracanes y de peor aún de la pobreza y el
hambre que por nuestros campos reinaba. Era la mujer decidida a tomar
acción y a hacer las cosas como debían ser. El trabajo honrado de la finca
lo mismo que recoger café que cocinar para su familia, fue su credo de
vida. Era una mujer que al igual que el roble crecía con el tiempo y
parecía que mientras mas edad tuviera mas fuerte ella estaba. Nadie la
podía callar cuando su opinión expresaba y aun en sus últimos días mantuvo
su voluntad férrea de vivir y de siempre "echar pa'lante" su familión.
Cuando yo la conocí, ya vivía en el barrio Pozo Hondo de Añasco y mi
abuelo había partido hacia la eternidad. Era una mujer enjuta y de pelo
canoso, siempre llena de vida y de mucha determinación. Al igual que las
abuelas de todos los puertorriqueños era la que mejor café y arroz con
habichuelas hacía. Su casa era para mi un lugar donde siempre habían
familiares, y también en el traspatio habían animales y su inseparable y
fiel perro Negro. El destino fue que ella nos abandonara a una muy
avanzada edad de casi un siglo.
Mis dos abuelas, cada una en su muy personal forma de ser fueron dos
pilares para nuestras familias. Dos instituciones que al igual que las
abuelas de todos los puertorriqueños fueron parte de la historia de
nuestro país. Fueron ellas las que con su paciencia y su perseverancia,
nos enseñaron a luchar y no darnos por vencidos en tiempos aciagos.
Honrémoslas a ellas y a todas las mujeres y abuelas que recordamos con el
respeto que merecen aquellos que vinieron mucho antes que nosotros y que
aun después de tantos años siempre vivirán mientras su recuerdo viva en
nosotros. 826-3411 |