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La casa de la calle Desengaño |
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Por Lucas Montes Valentín, M. Ed. |
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La vieja
casona de la calle Desengaño, al fin fue demolida. Tenía muchos años y
allí se habían creado sueños de infancia, alegrías de juventud y
solemnidades de edad madura. Era la casa donde en mi temprana niñez pude
emprender el largo camino de la vida. Hecha de maderas del país, con
balcón de cemento y bloques ornamentales, techo de clásico zinc, en el
cual cuando llovía durante la noche hacía un sonido tintineante que me
invitaba a soñar. Sus pisos eran de madera que tenía muchos nudos en los
que cuando niño jugué a pasar de un lado al otro solo pisándolos. La
calle como tal no era diferente de cualquier calle de pueblo pequeño de
aquella época. Con algunas casas de cemento pero en general de madera y
zinc. Al principio con ventanas que abrían de par en par, que más tarde
se convirtieron en las genéricas ventanas Miami. Las llamadas telas
metálicas no existían entonces, siendo esto un lujo sólo para las
recientes urbanizaciones que empezaban a desplazar las casas de madera.
Por eso el dormir en cama de pilares y con mosquitero era tan tradicional
entonces y para mí me hacía sentir más seguro que aquella tela pudiera
defenderme más que de los mosquitos, de los monstruos de una pesadilla y
los entes de mi imaginación. En aquellos tiempos quienes se criaron en
las calles de los pueblos tenían como lugar de juegos el frente de su
casa. La calle en momentos nocturnos estuvo llena de niños que jugaron, pi-marro, esconder, cuica, peregrina, y los más sencillos juegos con una
bola de colores. La algarabía infantil se hacía sentir hasta tarde en las
noches cuando finalmente se regresaba cada cual a su hogar a conciliar el
sueño. Aún recuerdo que Doña Gloria era nuestra vecina más cercana. Vivía en una hermosa casa de los años cincuenta con un extenso patio que tenía palos de aguacate, acerolas, palmas, flor de hibisco y otros que ahora no puedo recordar. Era una señora muy mayor que usaba muchas prendas y recordaba siempre a su difunto marido, un famoso poeta de quien más tarde le cambiara el nombre a la calle. En muchos fines de semana, el balcón de Doña Gloria era el sitio de reunión de varios vecinos que circundaban su propiedad, donde se hablaba de todo, desde los tiempos de antaño hasta lo último en política. Esta casa, la que una vez se consideró para un museo, finalmente fue derruida para hacer un lúgubre edificio cúbico. Mas allá estuvo una casa donde vivió una señora de extrema obesidad llamada Doña Tina. Esta señora, además de los muchos hijos del bienestar que tenía, se dedicaba a las artes espiritistas, teniendo en lo que hoy se llamaría marquesina, entonces un garaje de madera, donde en alguna ocasión se guardó el camión de repartir leche de su marido, un centro espiritista donde los domingos en la tarde se celebraban maratónicas sesiones de espiritismo a las que de niño era forzado a ir. Más tarde, esta misma casa fue club del extinto partido del Sol, y últimamente iglesia pentecostal de un no muy devoto pastor, que cuentan las malas lenguas, dejó a su familia para fugarse hacia Nueva York con una de sus feligreses. Esta casa poseía la curiosidad de tener un timbre, el que alguna vez presione solo para salir corriendo. En otras casas aledañas vivieron vecinos de infancia que con el tiempo nunca más llegué a ver. Otros aún están cerca y se han dedicado entre muchas facciones al comercio de hamburguesas, y carnes. Como niños en aquella época vivíamos básicamente la misma infancia con algunas pequeñas excepciones para aquellos que eran un poco más pudientes. En los televisores se veían los mismos canales y todos íbamos a las mismas escuelas y las comidas eran prácticamente las mismas. La vieja casona de mi infancia me trae tantos recuerdos de tiempos idos. Donde se era muy inocente y se vivía como se dice con “las puertas abiertas”. Aún en mi propia casa se cerraba de noche la puerta de entrada con una especie de tranca que era un tubo pasado por dos argollas. Para los estándares de hoy, el baño era extenso y la cocina obsoleta. Al lado de ésta estaba lo que llamábamos “el cuarto chiquito”, un pequeñísimo cuarto que solo servía para guardar trebejos y en los que muchas veces fui para soñar despierto. En su balcón lateral a menudo también me escondí al saber que había hecho alguna maldad y llegué a mirar en las tardes el inmenso árbol de mangó de uno de los vecinos. El patio de la casa estaba ocupado por otra casita mucho menor en tamaño y de la cual solo recuerdo escasas memorias de mi primera infancia. La casa de la calle Desengaño ya no existe, ni siquiera el nombre de la calle prevalece. Pienso que aún así y con todo el llamado progreso que hoy tenemos, todos aquellos que se criaron en una casa de madera de una callecita de un pueblo pequeño, vivieron algo que ninguna siguiente generación podrá tener desde las más modernas casas de cemento. Las calles eran reclamadas por los niños y por las familias, mientras que hoy son reclamadas por el comercio desmedido y el desarrollo urbano. Tal vez el progreso nos ha llevado a un punto de no volver, donde solo el cemento y la brea sean los recuerdos de una generación educada en la loza y el aire acondicionado.
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