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Recuerdos con sabor a tamarindo |
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por Lucas Montes Valentín, M.Ed. |
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erospr@yahoo.com Recientemente en una visita a uno de nuestros históricos municipios del área oeste tuve la oportunidad de ver un piragüero con su clásico carrito de piraguas y vino en mí el deseo de probar aquél escarchado néctar que ya hacía tantos años no saboreaba. El sabor de tamarindo fue el elegido y al llegar a mi paladar llegaron a mi mente recuerdos de cuando antes ese sabor era mi favorito ya en mi niñez. Recuerdos de tiempos idos, aunque no hace mucho tiempo, tal parece que fueran en otra época. Recordar la época en que todo el mundo tenía algún familiar que trabajaba de una manera ú otra en la industria azucarera, cuando hablar de la central era cosa de todos los días y en las tardes se solía ver con frecuencia aquella nieve obscura de la caña que caía durante la zafra que nos tiznaba y tambien a la ropa tendida en los cordeles. Talvéz fue mi generación la última con la que los cuentos de Abelardo Díaz Alfaro todavía nos identificaba. El ver la carreta de caña con su yunta de bueyes pasar por las calles de nuestro pueblo como estampa típica ahora se ve sólo como reflejo de atraso y quizás como postal turística. Era aquél el tiempo en que se podía tomar mabí en cono, chupar caña, saborear grosellas, piquito, pirulís, tirijala y en general comprar dulces típicos por una moneda, y comer una hamburguesa y un refresco de botella por treinta y cinco centavos en el Lucky Seven. Tiempos en que todo era nuevo y por conocer. La vieja escuelita Ramírez de Arellano era toda una universidad para mi mente infantil en cuyos libros fue que mi sed por la lectura naciera junto con todas aquellas revistas, paquines, fotonovelas que en idioma español abundaban entonces. Aún recuerdo algunos de los maestros por sus apellidos, Salas, Montalvo, Ayala, Torres, Pérez, Muñiz y Hernández de quienes actualmente creo se habrán retirado ya. La televisión en aquellos días era blanco y negro, sin control remoto y en nuestra área solo 3 canales se podían ver, el 3, el 5 y el 12. ¿Quienes no recuerdan pasar las noches de verano sentados en el piso viendo la televisión? Aunque muy limitada por los estándares de hoy, era en mi opinión de mejor calidad que la actual. Era el tiempo de series extranjeras como El Prisionero, Amor a la Americana, Mod Squad, OVNI, y otros. La hora de la Aventura con sus series de Viaje al Fondo del mar, Viaje a las esrellas, Tarzán, Perdidos en el espacio, Tierra de Gigantes y el Túnel del Tiempo. La televisión local era mejor aún. El Show de las Cinco con Gaby, Fofó y Miliki, el original Cine Recreo con Pacheco y más tarde el tío Nobel, el show de Olga y Tony, el Show Ford, y La Nueva Ola. También en ocasiones venían grupos a nuestra isla como el de ¡Viva la Gente! y La Pandilla. Cuanto talento había en aquellos días y que buenos cantantes, actores, comediantes y locutores se iniciaban cuando entonces se justificaba más el talento, que la apariencia física. Que sano entretenimiento sin recurrir a la vulgaridad ni a las situaciones sexuales o de burla a ciertos carácteres de la sociedad. Era el tiempo además donde las casas de madera eran la regla y no la excepción y los balaústres de madera y metal eran el símbolo de toda casa pueblerina. Cuando la urbanización era algo nuevo y para una nueva clase social, al menos en teoría. Entonces, maestros, policías y otros profesionales vivían en los recientes caseríos pues éstos no tenían aún el estigma que tienen ahora. También se podia vivir como se decía, “con las puertas abiertas” sin ningún temor a ser robado. La plaza si era un sitio de reunión para todas las edades pero especialmente para cuando al salir de la iglesia las parejas quedaban de acuerdo en verse “cerca de la fuente” y en las fiestas patronales los niños esperabamos ver llegar las “machinas” y correr a los caballitos y cuando nos sintieramos más grandes ir al gusano y dejar nuestra mente volar viendo aquellos artistas que venían a nuestra plaza. Aún recuerdo cuando una joven Nidia Caro al salir de la plaza después de una presentación acarició mi barbilla en gesto de cariño a un niño de pueblo pequeño. Todo ésto vino a mi mente con solo probar una piragua de tamarindo, que tal pareciera un tipo de ensoñadora poción que me llevara al pasado. Pasado que en ciertos aspectos fue mejor, aunque no en todos. Y pregunto ¿que tendrán nuestros niños en el mañana como recuerdo de infancia, quizás el cemento, la brea, los centros comerciales, el cable y las comidas rápidas? El futuro lo dirá, y solo ellos lo sabrán, yo por ahora me conformo solo con buscar algún otro sabor de otro manjar que me devuelva siquiera por un momento, la ilusión del pasado y de la inocente infancia. LMV 826-3411 |